Los imprevistos, aunque sutiles, pueden provocar cambios drásticos a través de un efecto de contagio global: Trump se erige como una figura clave en la legitimación de una nueva derecha, de la que Milei es parte. Si el entorno Trump se debilita, ¿será que el sistema de derecha, de manera dominó, sufrirá las consecuencias? La pregunta es si el electorado estadounidense ha agotado su tolerancia ante el estilo autoritario y caprichoso de Trump, o si todavía le otorgan un margen de maniobra. La anulación de la tarjeta roja es solo una de las excentricidades del fenómeno Trump, capaz de desatar caos. Una figura que, más que crear, se ha vuelto una fuerza destructiva, utilizando el capricho como su método de operación.
Recientemente, el equipo económico del Gobierno se movió en el marco de esta polarización, rodeado de un ambiente tanto regional como global desafiante. Luis Caputo presentó un plan financiero con un objetivo claro: minimizar las posibilidades de choques, tanto externos como internos, en la estabilidad política prevista para 2027. La estrategia se centra en el concepto de “blindaje electoral”. Dado que la preocupación por el dólar persiste entre los argentinos en tiempos de elecciones inciertas, Caputo aseguró contar con los fondos necesarios para cumplir con las obligaciones financieras hasta después de la votación presidencial.
Sin embargo, los riesgos electorales son de naturaleza estructural. El año 2027 está marcado por la incertidumbre, ya que Argentina aún busca alcanzar una hazaña crucial: un modelo de polarización sostenible. Este tipo de polarización debería ser constructiva, que realice ajustes en las perspectivas del país, manteniendo un núcleo de racionalidad sin importar la posición en el espectro político. El desafío no es solo la polarización misma, sino la calidad de las opciones disponibles.
Un modelo a seguir podría ser el de Uruguay. Según el doctor en Ciencia Política Andrés Schipani, existe una opción de izquierda que logró combinar “reformas igualitarias y un capitalismo dinámico”. Su análisis pone el foco en el Frente Amplio uruguayo, liderado por Tabaré Vázquez. Entre 2005 y 2020, la izquierda en Uruguay gobernó con un enfoque equilibrado entre racionalidad macroeconómica y políticas igualitarias. Durante este período, el salario real creció un 62,5 por ciento, mientras que la pobreza se redujo del 32,5 al 8 por ciento. Asimismo, se mantuvo una política macroeconómica caracterizada por una estabilidad cambiaria, inflación y déficit relativamente bajos, junto con una autonomía del Banco Central y un impulso activo hacia la inversión privada. En esos años, Uruguay destacó en atracción de inversión extranjera, alcanzando cifras significativas. Comprobando que, bajo el liderazgo de la izquierda, se impulsó la inversión extranjera directa de manera notable.
Cuando la polarización se encuentra en el extremo izquierdo, pero sostenida por una racionalidad macroeconómica, se generan resultados tangibles tanto a nivel distributivo como capitalista. En contraste, Argentina se enfrenta nuevamente a su destino sudamericano, distante del modelo uruguayo. El panorama electoral de 2027 asoma con presión, sugiriendo una posible reversión del péndulo argentino hacia extremos temidos. Esto implica una perpetuación de la alternancia entre las fuerzas extremas de la polarización ineludible: un peronismo centrado en el déficit y la inclusión versus un no peronismo que busca racionalidad macroeconómica. Mientras el primero ha evidenciado su fracaso, el segundo todavía debe demostrar que puede conseguir resultados concretos: se requieren piezas clave del entramado macroeconómico que aún no están en funcionamiento eficiente, así como la capacidad de traducir dicho éxito en beneficios tangibles para la población. En la visión mileísta, esta mecánica debe incluir una forma de justicia social indirecta.
Diego Santilli, desde su nuevo cargo como jefe de Gabinete, expresó que “falta que el crecimiento llegue a los ciudadanos de a pie, al comercio de la esquina”. Este es un claro indicio de la narrativa del Gobierno en su nueva fase hacia 2027: un reconocimiento de las deudas pendientes en su modelo económico y la necesidad de responder al esfuerzo de la ciudadanía para tener mejores posibilidades electorales.
Entre los factores externos que inciden en esto se encuentra la situación electoral de Trump. Este año, el expresidente acuñó el término “extracción” en un contexto geopolítico tras la condena de Nicolás Maduro en Estados Unidos, lo que simboliza el fin de una era de gobernanza internacional basada en el multilateralismo y la diplomacia. Lo que se establece ahora es un sistema regido por la voluntad política de un solo líder. Esta dinámica también ha trascendido al mundo del fútbol, con movimientos que, aunque puedan parecer superficiales, en realidad alteran las normas de una institucionalidad futbolística que era más estable que las relaciones entre Estados. Trump eliminó a Folarin Balogun, considerado un recurso valioso para la selección estadounidense, sin ningún disimulo ni argumentos consistentes.
Este acto llamativo de Trump no solo afecta el ámbito político, sino que también interfiere en el universo del fútbol, un mercado que se rige por normas meritocráticas. La aparición de un tipo de intervención tan directa resulta inusitada. Esto provoca un impacto en la emoción colectiva de millones de personas en todo el mundo, un ataque a la sensibilidad política. Lo que parecía seguro empieza a desmoronarse rápidamente: la arbitrariedad de Trump, al eliminar la tarjeta roja, ha alcanzado dimensiones globales y emocionantes. En noviembre, el sistema Trump será desafiado en las urnas, con encuestas que no muestran resultados favorables.
Hoy, Trump se beneficia de la mayoría republicana tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado, haciendo del Congreso de Estados Unidos una extensión de su voluntad. En noviembre deberá conseguir mantener esa influencia, lo cual es un reto, especialmente considerando su legado. La Cámara de Representantes es clave en las elecciones de medio término, ya que desde 1938, en 22 de esas elecciones, los oficialismos solo han ganado en dos oportunidades, todas bajo circunstancias excepcionales.
La aprobación de la gestión de un presidente se convierte en un factor determinante: cuando mayor es la aprobación, menos pierde el oficialismo en cuanto a representantes. Sin embargo, ni la historia electoral ni la actual aprobación de Trump, que se encuentra en cifras muy desfavorables, sugieren un buen desempeño. Según datos recientes, su popularidad presenta un saldo negativo de 21 puntos, con un 59 por ciento de desaprobación.
La pregunta respecto al futuro de Argentina en 2027 es si promovido por Milei se acelerará un cambio o se agudizará la tendencia hacia un peronismo orientado al déficit, un polo más problemático distanciado de la racionalidad del modelo uruguayo. Por el momento, Milei ha tomado medidas para reforzar su posición, resaltando la importancia de retomar la agenda política y legislativa, así como la comunicación pública. Los resultados económicos recientes, incluyendo la caída de la inflación y del riesgo país, sustentan su estrategia.
Un segundo factor a considerar es la fragmentación del sector del peronismo y la potencial competencia interna en 2027, que aunque no busca construir una oferta viable, tiene la posibilidad de capitalizar la ansiedad social y electoral. La incertidumbre es elevada, y figuras como Trump siguen influyendo en el juego.









