Cada cuatro años, el Mundial transforma rutinas, acapara conversaciones y provoca pasiones que cruzan generaciones. Los niños no son ajenos a este fenómeno: llegan a las aulas comentando resultados, intercambiando figuritas y siguiendo estadísticas, además de reproducir los debates que escuchan en sus hogares. En lugar de ignorar este interés, muchas instituciones educativas deciden integrarlo en sus propuestas de enseñanza.
La cuestión ya no es si el Mundial debe ser parte de la educación, sino de qué manera puede incorporarse. La respuesta parece radicar en aprovechar el entusiasmo natural de los alumnos como una oportunidad para aprender, reflexionar y participar en experiencias significativas.
En la escuela Aletheia, consideran que los eventos sociales importantes son parte de la vida escolar. “La escuela no puede pensarse aislada de la cultura y de los acontecimientos que movilizan a la sociedad. No buscamos que quede al margen de aquello que genera preguntas, emociones y conversaciones en las familias y en los niños”, señala Laura Burzomi, directora de Nivel Inicial y Primario.
A partir de la curiosidad de los estudiantes, se desarrollan proyectos que abordan una amplia gama de contenidos: geografía de los países participantes, tradiciones, migraciones, símbolos nacionales, así como estadísticas aplicadas al deporte y aspectos científicos relacionados con el rendimiento físico. De este modo, el fútbol se convierte en un puente hacia múltiples áreas del conocimiento.
Situaciones similares se dan en la Nueva Escuela Argentina 2000, donde el fervor por las figuritas se ha integrado rápidamente en el ámbito escolar. “Las figuritas invadieron los espacios de juego de la escuela y decidimos capitalizar ese interés genuino de los chicos”, comenta su directora, Alejandra Salonia.
Las matemáticas surgen de manera natural cuando los estudiantes calculan cuántas figuritas les faltan para completar el álbum, cuántas tienen repetidas o cuántas deben intercambiar. También se desarrollan actividades relacionadas con las banderas, los países y las culturas de diferentes lugares del mundo.
Florencia Z., docente de tercer grado en una escuela de zona norte, considera que el Mundial es una excelente ocasión para despertar el interés de sus alumnos. “Los chicos sienten el Mundial por mil. Son fanáticos del fútbol y de Messi. Esa motivación les añade un valor enorme a las actividades cotidianas”, expresa.
Con esa premisa, diseñó un cuadernillo temático que abarca todas las áreas que enseña. Por ejemplo, en matemáticas, los problemas se enfocan en la venta de entradas, los resultados de los partidos o la edad de Lionel Messi en distintos momentos de su carrera. La enseñanza de la división se ilustra a través del reparto de figuritas entre compañeros, transformando conceptos abstractos en situaciones concretas.
También trabajan con gráficos para analizar la cantidad de países participantes por continente, comparan datos estadísticos y extraen conclusiones a partir de información real. En ciencias sociales y geografía, utilizan planisferios para localizar continentes, océanos, países participantes y sedes del Mundial. En lengua, leen textos sobre la historia de los Mundiales, practican gentilicios y producen descripciones de jugadores empleando diversos adjetivos.
“Las posibilidades en torno al Mundial son enormes. A mí me parece muy divertido, porque a mis alumnos les encanta”, resume la docente.
El evento también brinda la oportunidad de abordar aspectos que van más allá de los contenidos académicos. En un taller de educación emocional, Florencia invita a reflexionar sobre el concepto de ídolo. La actividad va más allá de los goles y trofeos: busca que los alumnos identifiquen qué valores transmiten las personas que admiran y qué las convierten en referentes.
Brenda Tróccoli, psicopedagoga y especialista en crianza, menciona que estos eventos pueden ser espacios valiosos para fortalecer lazos familiares. “El Mundial genera mucha alegría en general y es una ocasión para compartir un tema que atrae a todos los miembros de la familia, sin importar la edad”, indica.
No obstante, advierte que es crucial no permitir que el torneo desplace por completo las rutinas diarias. “La idea es ajustar la vida familiar a lo que ocurre con el Mundial y no al revés”, destaca. Cumplir con horarios, establecer límites y asegurar espacios de descanso sigue siendo fundamental para los niños.
Además, resalta el fenómeno de las figuritas como una forma de fomentar el juego presencial y la interacción entre pares, aunque advierte sobre ciertas actitudes impulsadas por los adultos, como la ansiedad por completar rápidamente los álbumes o la necesidad de adquirir grandes cantidades de paquetes de una sola vez.
Otro aprendizaje posible está relacionado con cómo los adultos viven los partidos. Maritchu Seitún, especialista en crianza, subraya que los hijos observan las reacciones de sus padres frente al éxito y la frustración. Considera que los encuentros de la selección pueden ser experiencias valiosas para el aprendizaje emocional. “La selección gana o pierde y eso no pone en juego nuestra identidad”, enfatiza. Desde su perspectiva, los niños internalizan modelos de comportamiento al ver cómo reaccionan los adultos ante una victoria o una derrota.
Si el triunfo se celebra con euforia desmedida o la derrota se percibe como una tragedia, los niños tienden a replicar esas mismas conductas. En cambio, abrazar las emociones con serenidad les permite entender que perder es parte de la competencia y que el valor personal no depende únicamente de un resultado.
Este enfoque también se aplica al deporte infantil. Cuando los padres gritan desde la tribuna o presionan a sus hijos, a menudo terminan restándoles protagonismo. “El deseo de jugar y tener éxito debe ser del hijo, no del adulto”, concluye la especialista.








