Una forma de ayudar al cerebro a descansar de verdad es mantener activas las funciones ejecutivas, que nos permiten regular el pensamiento y la conducta sin funcionar en piloto automático. Se dividen en frías y calientes. Las primeras son los procesos cognitivos que usamos para razonar, planificar o cambiar de estrategia ante situaciones abstractas y con poca carga emocional. Las segundas intervienen cuando hay emociones en juego, como frente a una tentación, un riesgo, una victoria o una derrota.
La fórmula ideal
Un buen juego de mesa pone a prueba las funciones ejecutivas. Leer las reglas desafía la memoria de trabajo y las primeras partidas requieren flexibilidad e inhibición, dos funciones ejecutivas frías. La competencia, el deseo de ganar o la pérdida de una ficha importante, en cambio, activan las funciones ejecutivas calientes.
Con el deporte ocurre algo similar. Correr a solas no plantea el mismo desafío que probar una actividad con un oponente, incertidumbre y adrenalina. El pádel, la escalada, el tenis de mesa y otros deportes de habilidad abierta exigen reaccionar en tiempo real a las acciones de otra persona. Por eso entrenan más las funciones ejecutivas calientes que las actividades predecibles y solitarias.
Las vacaciones ofrecen una oportunidad distendida para poner en práctica esta combinación. Las actividades recreativas al aire libre y de bajo estrés pueden favorecer la atención, la inhibición de la conducta y la flexibilidad cognitiva. Además, dejar el sedentarismo ayuda a movilizar los circuitos prefrontales y a mejorar su eficiencia neuronal.
Entonces, ¿en qué conviene ocupar el tiempo libre? La fórmula ideal combina poco estrés, movimiento físico y un desafío cognitivo con cierta carga emocional: por ejemplo, una partida que queremos ganar o un deporte que todavía no dominamos. También es posible incorporar pausas activas antes de las vacaciones, con actividad física ligera durante la jornada laboral o de estudio y un pequeño reto mental, como hacer sentadillas mientras contamos hacia atrás de tres en tres desde 50.
¿Para qué sirve todo esto al volver al trabajo? Las investigaciones científicas más recientes indican que, para recuperar energía —un proceso que en los estudios se denomina recuperación laboral—, hacen falta cuatro elementos: desconectarse psicológicamente, relajarse, tener autonomía y capacidad para decidir cómo usar el tiempo libre, y aprender algo nuevo o superar un desafío. Esto último reduce la sensación de agotamiento y contribuye a que nos sintamos competentes.
Los beneficios de las vacaciones no duran para siempre: durante las primeras semanas de regreso a la rutina, sus efectos pueden empezar a desvanecerse. Por eso, sumar desafíos cognitivos con algún componente emocional puede marcar la diferencia. No solo ayuda a prolongar la sensación de haber tenido unas buenas vacaciones, sino que también fortalece las funciones ejecutivas para afrontar mejor la vuelta.








