Desde el traspaso de mando presidencial y en medio de la crisis de importaciones y las SIRA discrecionales, muchos ciudadanos se han visto en la necesidad de anticiparse a la amenaza que representa el dengue. A modo de precaución, han decidido instalar mosquiteros en sus hogares, pagar sumas elevadas para vacunar a toda la familia antes de que las dosis estuvieran disponibles en el sector público, que abarca al menos 11 provincias, o bien ir acumulando repelentes, que probablemente ya hayan caducado. Así, se busca prever el comportamiento aparentemente anárquico del Aedes aegypti, conocido como el mosquito transmisor del dengue, que no parece seguir la teoría de que “reaparece cada más o menos cuatro años”.
A pesar de que menos de un millón de personas están actualmente vacunadas contra el dengue en Argentina —según estimaciones propias basadas en información oficial y datos extraoficiales de operadores privados—, no resulta alentador observar que intendentes, gobernadores y ministros exhiben sus esfuerzos preventivos para controlar los efectos veraniegos del fenómeno del Niño, sin poner énfasis en la vital necesidad del descacharreo.
La acumulación de agua estancada en pequeños recipientes, como vasitos de plástico y platitos de macetas, propicia la eclosión de huevos de mosquito. Si las larvas logran sobrevivir, garantizan la continuidad del ciclo del Aedes aegypti, lo que constituye la estrategia más importante para evitar brotes de dengue, sumando a la amenaza del virus Chikungunya.
Dadas las predicciones de frecuentes y duraderas lluvias por la fase húmeda del ENOS (El Niño-Oscilación del Sur) que se espera para el verano de 2026-2027, la pregunta cobra mayor relevancia: ¿podría incrementarse la presencia del mosquito que transmite los cuatro serotipos de dengue?
Diferentes modelos climáticos coinciden en que este verano el Niño se manifestará con gran intensidad a nivel atmosférico, lo que, aunque no siempre se traduce directamente en un aumento de la población de mosquitos, se espera que resulte en precipitaciones importantes en diversas zonas del país. Principalmente, la Cuenca del Plata entre los ríos Paraná y Uruguay, así como en Cuyo y los Andes norpatagónicos, se vislumbran como las áreas más afectadas por intensas lluvias.
Tomás Orduna, ex jefe del Servicio de Medicina Tropical y Medicina del Viajero del Hospital de Infecciosas “Francisco J. Muñiz”, comienza su análisis subrayando la dificultad de realizar pronósticos certeros: “La primera cosa es aclarar que todos hacemos futurología relativa a este tema. Nadie tiene la capacidad de decir qué cosa se va a cumplir respecto al dengue, tanto los que pronostican una epidemia como un pequeño brote, o los que plantean que no va a haber ningún problema”. Sin embargo, matiza que las características climatológicas del Niño desde mitad de año han mostrado previsiones de gran impacto en la región del Litoral y Nordeste, con posibilidad de que los efectos se extiendan al área metropolitana y al Centro del país, acompañado de intensas lluvias.
Orduna añade que la temporada del Aedes, que en Misiones comienza en octubre y en el área metropolitana de Buenos Aires en noviembre-diciembre, podría coincidir no solo con temperaturas favorables para la supervivencia del mosquito, sino también con un incremento en la probabilidad de que haya mayor cantidad de agua. “El agua es indispensable para el ciclo del mosquito: los huevos depositados en las paredes de recipientes pueden permanecer allí hasta entrar en contacto con ella”, explica el médico. Sin embargo, aclara que “no es cualquier combinación de agua y temperatura la que precisa el Aedes aegypti”.
Con temperaturas ideales, la aparición del mosquito adulto puede acelerarse. De hecho, en el área metropolitana de Buenos Aires, Orduna detalla que “suele demorar de 12 a 13 días desde que el huevo toma contacto con el agua en cacharros o recipientes hasta que el individuo adulto sale volando”. En contraste, en regiones como Misiones y zonas de clima similar, ese proceso se acorta a 9 o 10 días. Sin embargo, enfatiza que “el agua que favorece ese proceso es fundamentalmente la que queda acumulada o estancada”. La situación cambia ante una lluvia de gran magnitud, donde se abre un espectro diferente.
El médico ilustra de manera gráfica esta dinámica: “Imagine que tiene un tachito que está a la sombra, pero entra lluvia. Si el agua es suficiente, las larvas podrán crecer, pero si es excesiva, podrían eliminarse. Nada es tan lineal, en este sentido. Para que el Aedes viva, el agua tiene que estar estancada. Doy otro ejemplo: pongamos que tenemos un pote con agua, que además tiene restos de yogur. Si hubiera agua corriendo desde una canilla, habría un momento en que ya no quedaría nada de yogur en el pote. Del mismo modo, el exceso de agua podría resultar contraproducente para que vuele el mosquito”.
Esto implica que “las mismas lluvias abundantes que multiplican los lugares capaces de acumular agua pueden, si son suficientemente intensas, desbordar o lavar determinados criaderos y arrastrar estados inmaduros del mosquito”. Orduna enfatiza que esto no convierte a un fenómeno del Niño intenso en un factor protector contra el dengue: “el resultado depende de cuánto llueva, cómo llueva, dónde quede después el agua y de múltiples variables ambientales y epidemiológicas”.
Ahora bien, se plantea la interrogante respecto a qué sucedió en las dos temporadas previas, durante las cuales no se reportaron casos de dengue: “¿Hubo mosquito?”, se pregunta Orduna. Y rápidamente responde: “No mucho, y fue llamativo, porque tampoco hubo tanto mosquito de aquel que pica y molesta especialmente porque zumba. ¿Se puede afirmar que evidentemente hubo algún efecto de la combinación de agua y lluvia? ¿Será por eso que no hubo brotes?”. Para Orduna, “todo esto queda incierto, principalmente porque es un fenómeno multicausal”.
Aunque es cierto que si no hubiese un arrastre significativo de agua y se presentara una temporada intensa en materia de dengue, podría considerarse que, comparando con 2023-2024, hay un porcentaje mayor de población vacunada. Un infectólogo de renombre, Pablo Bonvehí, quien dirige el área de Infectología del CEMIC, estima que hasta la fecha se han administrado alrededor de 2 millones de dosis en el país, abarcando tanto los sectores públicos como privados. Sin embargo, aclara que si bien cada persona debe recibir dos inyecciones, no todos completan el esquema. “Nosotros administramos 244.940 dosis, pero a 150.793 personas”, detalla Bonvehí, resaltando que alrededor de un 20% de los vacunados solo recibieron un pinchazo, lo que implica una inmunidad considerablemente reducida.
Desde el Ministerio de Salud de la Nación han informado que, durante el presente año, se han distribuidos 303.180 dosis a las provincias. El desglose indica que fueron 97.000 en 2024, 63.000 en 2025 y 143.180 en el año actual. La estrategia se ha enfocado en 11 provincias clasificadas como “con potencial epidémico”: Catamarca, Chaco, Córdoba, Entre Ríos, Formosa, Jujuy, La Rioja, Misiones, Salta, Santa y Santiago del Estero.
No obstante, aunque estas 2 millones de dosis puedan parecer un cifra exagerada, es evidente que una parte significativa no ha sido empleada aún, y que un número considerable de vacunados, como suele suceder, no se encuentra registrado adecuadamente (sea por retrasos o falencias del servicio) en el registro nacional de vacunas, conocido como NOMIVAC.
Conectar los números resulta una tarea compleja, pero se intentará: según el Ministerio, en el NOMIVAC figuran 1.671.930 dosis administradas, que incluyen tanto el sector público como privado. Si todos los vacunados hubieran completado el esquema, eso implicaría que alrededor de 835.965 personas estarían protegidas. Sin embargo, también se ha confirmado que el laboratorio responsable de la comercialización de la vacuna en el país ha entregado 2,4 millones de dosis, cantidad suficiente para vacunar a 1,2 millones de personas. Es claro que una parte de las dosis aún no se ha utilizado, y que muchas que sí lo han sido no se encuentran registradas debidamente.
Aparte de las provincias que optaron por adquirir dosis de forma independiente, al menos Tucumán, Catamarca, San Luis, Santa Fe, Corrientes, Córdoba, la ciudad y la provincia de Buenos Aires también han realizado compras. Hasta ahora, las dosis nacionales lograron cubrir solo al 18% de la población vacunada.
El esquema de inmunización recomendado por el Ministerio de Salud tiene como objetivo brindar protección contra la enfermedad grave generada por los cuatro serotipos de dengue, tanto en personas con inmunidad previa como en aquellos que no la han tenido. Dado que los casos más severos suelen ocurrir en reinfecciones, la diferencia entre haber o no haber tenido el virus anteriormente se considera crítica respecto a la gravedad de la enfermedad (salvo en pacientes inmunodeprimidos o con enfermedades base, que son más vulnerables a cualquier infección).
Existen sin embargo dos puntos a considerar. Uno de ellos es que numerosas publicaciones científicas indican que más de la mitad de la población infectada con dengue transita la enfermedad sin mostrar síntomas. Esta hipótesis podría explicar muchos de los casos graves de la enfermedad, sobre todo si los pacientes ya habían padecido la infección sin saberlo.
El segundo aspecto relacionado implica la vacuna, de la cual aún se dispone de información en proceso de verificación, aunque ha demostrado ser segura en individuos de entre 4 y 59 años y también útil para mitigar nuevos brotes. Uno de los grandes estudios realizados (TIDES), que involucra a niños de 4 a 16 años, ha seguido a sus participantes por hasta siete años, revelando que la vacuna ofrece protección duradera frente a la hospitalización en más del 80% de los casos y otorga cobertura durante cuatro o cinco años, considerando todos los serotipos.
Sin embargo, esos resultados no han sido tan contundentes a la hora de mostrar una protección específica, desagregada, para los seronegativos (individuos que no tuvieron la infección previo a la vacunación), en caso de enfrentar contagios por los serotipos 3 o 4 después de haberse vacunado.
Las autoridades de Salud recomiendan que la población de entre 4 y 59 años que reside en provincias con alto riesgo se inmunice. Orduna respalda esta iniciativa, pero enfatiza que el virus Chikungunya progresa por otro carril (no existe vacuna disponible en Argentina). En este sentido, es crucial que se intensifiquen las campañas enfocadas en la prevención del mosquito: usar ropa de manga larga en espacios abiertos y, sobre todo, realizar actividades de descacharreo y limpieza con productos como lavandina en lugares donde puedan depositarse los huevos.
A pesar de que a finales de septiembre los informes epidemiológicos confirmaban que la transmisión autóctona del virus había sido controlada, el dengue sigue presente en varios países vecinos, y su llegada a Argentina es una posibilidad latente. Lo mismo ocurre con el mosquito, que puede aparecer en cualquier momento tras las lluvias, como si surgiera de un sombrero mágico.









